Una anécdota con piropos

Al hilo de este artículo de Rafa acerca (creo) de la asimetría del piropo, he reaccionado dando una explicación gramatical donde, al parecer, sólo hay un chiste que, o bien no he terminado de entender, o bien simplemente no me resulta todo lo gracioso que el autor pretende.

Siguiendo con el festival del humor quiero contribuir con la siguiente anécdota de juventud relacionada también con los piropos. Espero que sea apropiada y congruente con el próximo 8 de marzo.


A principio de los 80, un grupo de cuatro estudiantes del insti (todos varones) organizamos unas vacaciones de "emancipación": justo al terminar el curso haríamos a pie una excursión por la Costa Brava, desde Sitges, tomando rumbo sur, hasta donde llegáramos sin alejarnos mucho de la costa. Sin padres (pero con su permiso, obviamente), todo gestionado por nosotros mismos: trenes, comida, tiendas de campaña, dinero, etc. Obviamente, la posibilidad de ligar con turistas, especialmente extranjeras, sobrevolaba todas las reuniones que teníamos para organizar el viaje.

El caso es que, en algún momento del viaje, estuve esperando un autobús en un sórdido polígono industrial de la provincia de Tarragona junto con uno de mis compañeros de aventuras. No me pidáis mucha precisión porque mis recuerdos tienen más lagunas que tierra firme y, de hecho, alguno de los detalles puede haber evolucionado de "recuerdo real" a "recuerdo imaginado" sin ser yo mismo consciente de esa transición.

Sí que recuerdo que era de día; estoy casi seguro que era algún momento anterior al mediodía. También me acuerdo de que la situación estaba un poco fuera de control, quiero decir, que no lo habíamos planificado y, por tanto, no teníamos previsión de cuándo iba a venir el autobús, de forma que estábamos a expensas de lo que quisiera tardar, que amenazaba ser muuucho tiempo.

Cuando llegamos a la marquesina vimos que no estábamos solos: ella estaba allí, esperando también. Aún hoy lo recuerdo como una anomalía, algo que no encajaba; no había forma de entender qué tipo de Dios cachondo había colocado aquella Eva paradisíaca en el infierno cutre donde nos hallábamos. Sencillamente no cuadraba. Puedo intentar describirla con aquellos detalles que todavía recuerdo (¿imagino?): bastante joven, pero mayor que nosotros, obviamente; digamos que sobre los 25 años. Delgada, melena corta castaña, labios pintados de rojo intenso, zapatos de tacón y con falda, de forma que lucía unas pantorrillas de infarto.

Ya podéis imaginar el efecto que aquella Venus incongruente pudo causar en las dos ollas de hormonas a presión que éramos nosotros, unos mozalbetes de 16 años, que nos quedamos pasmados. Por suerte, la timidez y la vergüenza hicieron el papel de la buena educación y no se nos escapó ninguna ordinariez ni conducta obscena que hoy llamaríamos heteropatriarcal y catalogaríamos de cultura de la violación (con toda la razón, añado). Creo que ni siquiera dimos los buenos días de lo cortados que estábamos. Pues nada, ahí quedamos esperando los tres al autobús.

¿He dicho que el polígono estaba desierto? No, creo que no lo he dicho. Pues eso: que aquello era un erial deshabitado salvo por la presencia de tres personas esperando un autobús. La espera ya se hacía larga cuando, rompiendo la monotonía, pasó una furgoneta que redujo la velocidad al llegar a la altura de la marquesina; la ventanilla bajó y una cabeza de varón asomó para soltar una retahíla de vocablos que, supongo, querían pasar por elegante requiebro. La furgoneta no llegó a parar y se fue como había venido.

Reconozco con vergüenza que el incidente me pareció gracioso; lancé una mirada cómplice a mi compañero, que asintió dando acuse de recibo de toda la escena. La chica ni se inmutó; debía estar acostumbrada y hacía como que aquello le resbalaba. Pero hoy, que tengo mayor capacidad de empatía, puedo suponer que lo debía estar pasando mal. Tras varios largos minutos más la escena se repitió con otra furgoneta, y esta vez ya me hizo menos gracia. De hecho, la situación empezaba a ser incómoda, de esas que prefieres estar en cualquier otro sitio menos ser testigo, sin capacidad de actuación, de aquel comportamiento bochornoso, y menos aún en presencia del sujeto abochornado (aunque, como digo, no lo translucía).

En aquella larga espera aún hubo una tercera furgoneta que repitió la maniobra de flirteo ibérico ya mencionada. Pero entonces, mi colega tuvo una salida genial que rebajó un poco la tensión entre los tres. Cuando se fue la furgoneta dijo:

—Hay que ver cómo me he levantado hoy de atractivo. Debe ser porque esta mañana decidí peinarme...

Y mientras me reía de su ocurrencia miré de soslayo a la mujer, cuyo papel de objeto de escarnio había sido delicada y caballerosamente tomado por mi compañero. Como dije, mi memoria flaquea y no recuerdo lo que vi.

Quiero creer que ella sonrió.

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